domingo, 22 de enero de 2017

Jardín japonés (Buenos Aires - abril 2015)






El novato

Dirigida y con guión del antes actor y ahora joven director Rudi Rosenberg, Le nouveau parece ser la comedia más celebrada de estos años. El filme cuenta el fatal arribo de Benoit, el nuevo alumno a una escuela secundaria parisina y todos los problemas que se le presentan a cualquier adolescente introvertido y tímido a la hora de hacerse de nuevos amigos. Sin lugar para el pasado en Le Havre, presenciamos sus tanteos torpes para encontrar su lugar en el mundo escolar. Tras el fracasado intento de unirse a la banda de los chicos populares, vive unos días color de rosa junto a la bella novata sueca que pronto lo dejará con el corazón partido. Ahí es cuando interviene su tío joven, ocioso pero buena onda para que organice una fiesta, un supuesto fracaso pero que le muestra quiénes pueden ser sus verdaderos compañeros: los freaks del curso a los que el resto desprecia se vuelven hacia él y finalmente descubre Benoit que no todo lo que reluce es oro y que ser raro también puede ser cool. La gran soledad de los adolescentes y su búsqueda de una identidad son los ejes centrales de esta celebración de la amistad, divertida pero que se pierde de profundizar en algunas cuestiones como la discriminación (nada de racismo o sexismo, muy poco de bullying pero abordado de manera tan superficial que debería sorprender). Podría ir un poquito más allá de algo más complejo de lo que se creería en vez de limitarse a asegurarse la carcajada con el baile alocado de los nerds.

Frases ("Locutions" - Jean Cocteau)

Fresca como una rosa.
Sabia como una imagen.

Vuestro corazón
en forma de corazón:

es muy raro.

Franco como el oro. Rosa la rosa.

Todas las rosas pieden sus mejillas
¿en la alfombra cuántas máscaras?

Estoy pálido como la muerte.

***
Fraîche comme une rose.
Sage comme une image.

Votre cœur
en forme de cœur:

c'est bien rare.

Franc comme l'or. Rosa la rose.

Toutes les roses perdent leurs joues
Sur le tapis; combien de masques?

Je suis pâle comme la mort.

martes, 17 de enero de 2017

Impecable

De pocas cosas está tan seguro el espectador como su odio a primera vista por la heroína de la opera prima de Sébastien Marnier. Hay algo en esta cuarentona de mirada desafiante (encarnada por Marina Fois que recuerda a Glenn Close en Atracción fatal) que desagrada ni bien aparece en ese departamento usurpado pero que al tiempo no deja de inquietar: ¿qué estará por hacer ante cada golpe que la va desnudando, que la va despojando de sus mentiras y revelando su monstruosidad?
Tras perder su empleo en la capital parisina, Constance debe agachar la cabeza y volver a su pueblo natal, en busca de ese empleo que alguna vez abandonó imprevistamente. Imposible amarla además con su actitud "Catherine Deneuve cascoteada pero arrogante", enfundada en esas calzas floreadas y entrándole enérgicamente a esa lata de choclo en grano. Todo en ella la predispone para el fracaso: la actitud soberbiamente alegre y la seguridad de estar siempre en su derecho ayudan a que la contratación recaiga sobre una jovencita inexperta que a sus ojos, incapaz de autocrítica alguna, le ha usurpado lo que nunca dejó de ser suyo. Contra ella, cándida víctima, esgrimirá una venganza cruel e inescrupulosa, pero ante todo injusta, tanto más la chica confía sin reparos en su nueva "amiga". Mientras esconde su corazón lleno de resentimiento y sediento de venganza, Constance pone el cuerpo: con masoquismo entrena esa anatomía fibrosa que le sirve tanto para atraer el deseo de los otros como para proteger su alma solitaria y vacía y que es mostrada en toda su desnudez más desgarradora en encuentros sexuales tan violentos como las ráfagas que azotan a su espíritu desequilibrado.
El final inesperado resulta sin embargo previsible (mas no deseado) para el público en un argumento compacto donde cada elemento está perfectamente entretejido para conducirnos a él.

domingo, 15 de enero de 2017

Las Yungas (Tucumán - mayo 2015)






El hombre que conocía el infinito

A veces las buenas intenciones no alcanzan. La película con dirección y guión de Matt Brown narra la
meteórica carrera académica del matemático indio Srinivasa Ramanujan en su breve paso por la Universidad de Cambridge, donde dejó un legado valiosísimo sobre el que sin embargo no se profundiza en absoluto.
Más allá de las actuaciones correctas de sus protagonistas (mejor Jeremy Irons, en su sobria declamación ante diálogos algo sosos, que Dev Patel, con algunos sutiles excesos en sus gestos), el filme se muestra demasiado convencional: un joven genio incomprendido, un diamante en bruto, discriminado por su procedencia étnica (en este caso, pero en otros podría ser por su género, o por alguna discapacidad física, o por sus preferencias musicales... en este punto se puede variar el por qué se lo menosprecia) y que entrega su vida a la ciencia, junto a un sabio consagrado que arriesga su prestigio para que "los otros" reconozcan su invaluable sabiduría. Todas las relaciones, desde la batalla de egos entre catedráticos a las disputas entre la madre del nuevo y su esposa que quedaron en la India aparecen estereotipadas.
La película podría haber sido mucho más de lo que es, no limitarse a unos destellos sino profundizar en la belleza de las matemáticas y dar mejor cuenta de la grandeza de Ramanujan, del hombre de tierras lejanas que, sin contar con una sólida formación intelectual pero de gran espiritualidad, logró dejarle a los científicos algunas pistas sobre la composición de los agujeros negros.

jueves, 12 de enero de 2017

Edipo en Marruecos



La transtextualidad, la trascendencia textual de una obra, permite que los textos que integran la gran biblioteca de la Historia de la Literatura universal se vinculen, de forma más secreta o más manifiesta, los unos con los otros. La obra es un palimpsesto: un texto que conserva en sí las marcas de una escritura anterior, un mensaje que lo antecede, que fue escrito en la misma hoja y luego borrado, pero en el que igualmente se puede apreciar el eco de otra voz, la del otro que habla en uno, según afirma Jean Cocteau, mas imprimiéndole un nuevo color.
El siglo XX reescribe como estrategia en busca de la novedad. Entre los escritores franceses, podemos mencionar a Cocteau, quien dos veces reescribió la historia de los Labdacitas: primero, en 1928, surge Oedipe roi; luego, en 1932, aparece La machine infernale. Al igual que en el guión que escribe para la ópera de Stravinski, Cocteau presenta a los personajes del mito atrapados por el destino. Fijos en el escenario, incapaces de moverse, en un estado de pasividad, parecen estar inmovilizados por las garras del hado. Aunque intenten luchar, todo está prefijado de antemano y todo lo que pueden hacer es la aceptar su inexorable destino. En 1930, André Gide presenta su versión, intitulada simplemente Oedipe. Al igual que su antecesor, este Edipo no enfrenta su destino pues no desea hacerlo. Su actitud es la del que no siente más que desinterés e indiferencia por lo que los dioses han decidido para él y no se preocupa por torcer su destino. Ambos presentan complejas vinculaciones con sus progenitores: los dos pierden a sus padres a una temprana edad y se convierten en objeto de un amor obsesivo por parte de sus madres, el cual ellos corresponden. La reescritura del mito sea tal vez una búsqueda por exorcizar el fuerte complejo de Edipo que los dos padecen y lo mismo intentará años después Pier Paolo Pasolini.
Edipo re es el primero de los tres films en los que Pasolini se vuelve hacia las fuentes de la tradición clásica, hacia los tres grandes trágicos griegos, para traer al presente una de las historias más recreadas de la literatura universal, la del héroe maldito al cual su soberbia empuja a cumplir su destino parricida e incestuoso.
La película podría dividirse en tres partes perfectamente diferenciadas. La primera y la tercera de ellas están ambientadas en la ciudad de Bologna (el prólogo, en los años veinte; el epílogo, en los sesenta) y están estrechamente vinculadas con la biografía del realizador en relación con su lectura de la más popular teoría freudiana. De hecho, declara Pasolini en una entrevista publicada en 1971:
“yo contaba la historia de mi propio complejo de Edipo. El chico del prólogo soy yo, su padre es mi padre, veterano oficial de artillería, y la madre, una institutriz, es mi propia madre. Yo contaba mi vida; mitificada, sin duda, convertida en épica por la leyenda de Edipo”[i].

A través de una ventana, observamos el nacimiento de un niño, cuyo parecido físico con el bebé de la parte central nos permitirá la identificación entre ambos: quien acaba de nacer, repetirá la historia mítica. Asimismo, al representar Silvana Mangano a la madre de un niño, podemos luego pensarla como la madre del otro, aun cuando no hayamos presenciado el otro alumbramiento.
La escena siguiente nos lleva a un espacio fundamental: el del prado, en el que el niño toma consciencia de sí y al cual volverá en la tercera parte. El lugar no fue elegido al azar: estas palabras de Pasolini marcan el tono autobiográfico de esta locación:
“ese prado corresponde netamente al lugar donde mi madre me mandaba de paseo cuando era niño. Ciertas vestimentas, como el vestido y el sombrero amarillo de la madre, las hice reproducir de viejas fotografías.”[ii]  
Primero conocemos a la madre, juega alegre junto a otras mujeres como lo hará más tarde Yocasta; la volvemos a ver en la escena del amamantamiento. Mirando a cámara, su rostro va cambiando de expresión, se vuelve más serio (como lo hará también la reina escuchando lo que los hombres hablan en la puerta del palacio), con una expresión funesta que presagia lo que vendrá. Luego aparece el padre en uniforme militar, que contempla en silencio al niño. Irrumpe súbitamente una placa que da a conocer sus más íntimos pensamientos: “Estás aquí para ocupar mi lugar en el mundo, empujándome a la nada y robarme todo lo que tengo. La mujer que amo. ¡Ya me robarás su amor!”. La primera parte se cierra con la escena primitiva: el niño percibe a sus padres yacer en la habitación contigua; privado de su madre, ve en su progenitor al culpable de esa falta.
La escena siguiente nos traslada a otro espacio: ahora estamos en el árido desierto del norte de África en el que también ubicaba la acción Jean Cocteau en su adaptación igualmente libre del mito. Detalles anacrónicos en el vestuario y la música que acompaña las acciones nos permiten situarlas en un tiempo pasado aunque impreciso, lo que permite mejor generalizar el mito a todas las épocas históricas. Se inicia el relato de las peripecias de Edipo, no desde su nacimiento como ya dijimos sino desde que es abandonado y luego recogido y entregado al rey de Corinto, quien lo recibe llamándolo “Hijo de la Fortuna”, ignorante de la ironía que encierran sus palabras.
Los años pasan y el niño se convierte en el atractivo joven que indicaba Cocteau en su versión, soberbio, altivo, iracundo. Tras una pesadilla, marcha a consultar al oráculo. Tras devorar la Pitonisa ávidamente unos puñados de ricotta, la voz del dios Apolo estalla a través de su boca: “Asesinarás a tu padre y harás el amor con tu madre”, advierte entre risas. Horrorizado por la inexorable profecía, Edipo llora y se tapa la cara, camina entre la gente con la mirada borrosa. Cuanto más lúcidamente vea su destino, menor será paradójicamente su agudeza visual. Una segunda placa, que ahora nos confía los sentimientos del joven: “¿Dónde va mi juventud? ¿Dónde va mi vida?” Y el azar conduce a quien avanza sin ver hacia dónde a la ciudad de Tebas.
Tiene lugar entonces el encuentro en la encrucijada. No en legítima defensa propia sino como un desafío ante aquel en quien ve reflejada su soberbia, Edipo mata sin articular palabra (tan sólo grita) al hombre que ostenta una corona real, que él mismo ceñirá poco después. A continuación,  se encuentra con un grupo de tebanos que abandonan la ciudad. Uno de ellos, el mensajero, toma su mano y lo conduce hasta la causante del mal que los azota; lo mismo hará enceguecido Edipo hacia el final de la película. Pasan junto a Tiresias y aparece una nueva placa: “Los otros, tus conciudadanos y hermanos, sufren, lloran y juntos buscan la salvación, y tú estás aquí ciego y sólo cantas, ¡cómo quisiera ser tú! Cantas lo que está más allá del destino” (por cierto, ello mismo hará él en la tercera parte). A diferencia de las demás versiones del mito, la Esfinge no le propone ningún enigma a resolver sino que desata su ira diciéndole que “el abismo al que me empujas está dentro de ti”. Eliminado este obstáculo, todo propicia ahora que la profecía se termine de cumplir: Edipo es conducido a las puertas de la ciudad y allí se produce el primer cruce de miradas con la reina Yocasta, la atracción entre ambos es inmediata.
A la siguiente escena, la del primer contacto íntimo entre la reina y su joven amante, se sucede inmediatamente el brote de peste: la ciudad desolada, llena de cadáveres con pústulas y un bebé que llora mientras sobrevuelan aves carroñeras. El pueblo ruega a su rey que los salve, que deje de su reinado un recuerdo vivo en ellos. Las primeras frases que aparecen en la película tomadas de la obra de Sófocles salen de boca del personaje interpretado por el mismo Pasolini, quien decidió reservarse ese honor. Edipo recurre nuevamente a la ayuda divina; mientras espera el regreso de Creonte con la respuesta del oráculo, implora: “¡Dios, si trajera un destino de salvación!”. Esta placa refleja la contradicción entre este anhelo del joven rey y el destino de perdición que su accionar permitió que se concretase. La respuesta que llega a él: “Lo que no se quiere saber, no existe, pero lo que se quiere saber, existe”, acentúa la necesidad de que Edipo se proponga conocer y aceptar su verdad pues sólo así llegará a verla. Pero aún no puede hacerlo, por eso convoca a Tiresias. El adivino intenta arrojar luz sobre el mensaje divino pero Edipo es incapaz todavía de ver mejor: “qué terrible es saber cuando el saber no sirve para nada a quien sabe” pues se niega a aceptar aquello que guarda en lo más profundo de sí. Intenta hacer comprender a Edipo que su hamartia consiste en “no quieres conocer la naturaleza en ti”. Entonces Tiresias pronuncia la verdad que el joven sabe pero interiormente quiere ignorar para que no haya tenido lugar: “Eres tú el culpable que contamina nuestras tierras y si no entiendes bien te lo repito. Tú eres el asesino que buscas y no sabes que tienes la infame relación con las personas que más quieres. ” Puesto que así no lo quiere, “no ves el mal que hay en ti”. Además le predice: “Un día verás sólo oscuridad y cuánto gritarás” (como lo hacía cuando mató a su padre y como lo hará cuando revele su historia a su madre). La ira de Edipo se desata cuando Tiresias lo llama “Hijo de la Fortuna”, arroja su corona y empuja al ciego, fuera de sí. El adivino completa su premolición, la de un Edipo ciego e insultado como lo es ahora él, vagando por países extranjeros, tocando su flauta mas consciente de su propia verdad; la imagen coincide por cierto con la del protagonista de la tercera parte. Nueva placa, que se focaliza en las impresiones de Tiresias: “Edipo quiere ignorar su culpa y la endilga a mí y a su pueblo”. En un exterior que repite el de la primera parte, Yocasta le relata la profecía a su amante y trata de disuadirlo de que no continúe indagando sobre una posible relación filial entre ambos: ¿Por qué te aterra tanto la idea de ser el amante de tu madre? ¿Cuántos hombres hicieron el amor en sueños con sus madres y no viven aterrados por este sueño?” Las palabras de la reina suponen que sospecha su vínculo consanguíneo con su joven amante pero que se niega a dar un paso hacia la confirmación o la refutación de lo que tanto teme porque sabe que luego el conocimiento mutuo de la revelación traerá el insoportable sentimiento de culpa. Sólo la ignorancia les hubiera permitido continuar siendo felices, el conocimiento conlleva culpa, mas no hay verdadero conocimiento de uno mismo sin llegar a la verdad más profunda. Cabe destacar que Edipo no es castigado aquí por su vínculo incestuoso sino por su arrogancia, su intento de alejarse de la verdad que los dioses le habían presagiado, tratando luego de cerrar los ojos ante los acontecimientos que fueron confirmando la profecía, desoyendo a su voz interior que le susurraba la verdad de su destino.
Otra placa, que vuelve a los pensamientos de Edipo: “Dios, ¿qué quieres hacer de mí?” presenta cómo la verdad va abriéndose camino en la mente del joven. Antes de unirse a ella por última vez, el hijo revela su historia, con los ojos fijos en la cámara, a los gritos, tumbado a su lado en el lecho conjugal, mientras ella se niega a aceptar la verdad que enuncia su hijo: “No quiero oír, que nunca sepas quién eres, cállate”. A continuación, tiene lugar la primera relación sexual inequivocamente incestuosa donde Edipo no la llama más “amor” como en las anteriores ocasiones sino “madre” por primera vez. Tras ella, el final trágico por todos conocido, “así no advertiré más el mal que sufrí e hice” pues “en la oscuridad no veré a quienes precisaba no ver, no reconoceré a quienes deseaba reconocer.” Al igual que Tiresias está ciego para el mundo mientras que son verdades más profundas las que logra ver. En la puerta de palacio y ante la mirada horrorizada del pueblo, el mensajero (que en la tercera parte se llamará Ángelo) le entrega una flauta como la del adivino y le sirve de guía.
Juntos, ambos reaparecen en la última parte, en la Italia contemporánea a la realización de la película. Como Tiresias, Edipo toca la flauta, primero en las escalinatas de una iglesia rodeado de burgueses y palomas y luego junto a una fábrica, cerca de unos niños que juegan al fútbol y obreros que pasan en bicicleta: todos lo ignoran. Finalmente, tras pasar por la casa en la que tuvo lugar el nacimiento, vuelve al prado de la primera parte, al cual regresa, destino final pues “la vida termina donde comienza”.
A través de su película, Pasolini recupera y adapta el mito desde una perspectiva psicoanalítica siguiendo los postulados freudianos. La recreación del fuerte complejo de Edipo que sufría le permite asumir su verdad y con ello proyectarla en su arte, no por nada Edipo regresa a Bolonia, que es donde Pasolini escribe sus primeros poemas. Su práctica como escritor se constituye, por un lado, en la lucha con su padre, por el otro, en el amor devoto que siente por su madre.

Bibliografía
Berri, Albert: “Edipo re de Pier Paolo Pasolini” en Temes de Disseny, N º 14, 1997. Disponible en línea: < http://tdd.elisava.net/coleccion/14/edipo-re-de-pier-paolo-pasolini-es/view?set_language=es>
Cocteau, Jean: La machine infernale. París, Le livre de poche, 1964.
Cocteau, Jean: Oedipe roi-Roméo et Juliette. París, Plon, 1928.
Grüner, Eduardo: “Los soles de Pasolini (y sus mugres)” en El sitio de la mirada. Buenos Aires, Norma, 2001
Morales Peco, Montserrat: El retorno del mito de Edipo en la literatura francesa del siglo XX. Su proyección en la obra de Jean Cocteau. Murcia, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 1996.
Pasolini, Pier Paolo: “Edipo y yo” en Confirmado, N º 331, 19 de octubre de 1971, Buenos Aires: 40–43.
Rodríguez Terceño, José: “Edipo Rey, de Pier Paolo Pasolini (1967). La tragedia del héroe clásico griego y el incesto ignorado” en Vivat Academia. nº 106. Junio. 2009. Páginas 1-29. Disponible en línea:



[i] Pasolini, Pier Paolo: “Edipo y yo” p. 40-43.


[ii] Op. cit.

Este artículo fue leído durante las  I Jornadas Pier Paolo Pasolini (UBA, 16 y 17 de octubre de 2012). 

Chascomús






La muerte me está siguiendo

El arte es una forma de salvación. Escribiendo, pintando, filmando, el artista se libera y por un momento siente que puede hacerle frente al máximo terror de su especie: la muerte. La obra es su as, el que le permitirá ganarle la partida final.
Como una nube negra siempre sobre su cabeza que ensombrece su camino, la parca es la omnipresente co-protagonista de esta novela de tono supuestamente autobiográfico, opera prima cautivadoramente  seudoautobiobráfica de Marcelo Aray.
A lo largo de un centenar de páginas que atrapan de inmediato a su lector, ese ser frágil y de mirada siempre asombrada que dice yo narra de manera directa e intimista la cadena de desdichas que irán dando forma a su infancia y juventud. Más allá de la sorprendente frustrada invasión de los vampiros hippies, se trata de una cadena de sucesos desdichados, contados con un realismo que eriza la piel, de sabor amargo, donde la muerte viene infaliblemente a quitarnos la respiración. Con magistral simpleza, el Coloro relata el final imprevisto de quienes fueron rodeándolo, débiles soldaditos que fueron cayendo ante su atónita mirada. Pero todas esas trágicas pérdidas son tan solo la antesala al dolor que no se puede nombrar: la muerte de un hijo, la del Tomito, su ángel. Esta última partida es la que paradójicamente posibilita la existencia de este libro. Munido de él y de una cerveza, el narrador se vuelve fuerte y espera a la dama del alba, seguro de que ya no hay dolor que lo venza.