lunes, 30 de abril de 2018

Vértigo con V de verde


Filme inquietante, Vertigo cuenta la historia de una extraña obsesión. Un detective que debió retirarse

al descubrir que sufre acrofobia (y por ello perdió la vida un policía) es contratado por un viejo amigo para que vigile discretamente a su joven esposa, de la cual termina enamorándose hasta la obsesión. Todo parece indicar que ella está poseída por el espíritu de su bisabuela, una desgraciada muchacha que se suicidó trágicamente. Aquello que parece increíble se resuelve de manera realista pero, paradójicamente, mucho más asombroso. Si bien no fue un éxito de crítica y taquilla en el momento de su estreno, con el tiempo la película fue creciendo hasta convertirse en una de las indiscutibles mejores películas de la historia del cine, incluso la #1 según una encuesta entre críticos en 2012.
Tanto su fascinante argumento como las bellas imágenes de la ciudad de San Francisco, donde se ubica la acción, han trascendido y reaparecieron en otras obras, dando a luz curiosidades como The Green Fog, el nuevo filme de Guy Maddin, un chiste entre cinéfalos ante la mirada atónita de los no iniciados. Una verde neblina invade una San Francisco recreada a través de un found footage, la yuxtaposición de escenas extraídas de un sin fin de series y películas rodadas allí, como "La dama de Shanghai", "Star Trek IV", "Cuando un hombre ama a una mujer" y "Bajos instintos", una ciudad que se vuelve atemporal a través de imágenes de todos los tiempos. Paralelamente se reconstruye el relato antes rodado por Alfred Hitchcock y al protagonismo de Jimmy Stewart se lo disputan entre varios, entre ellos, Mel Brooks, Martin Landau e incluso un sorprendentemente emotivo Chuck Norris, mientras el de Kim Novak va recayendo en divas como Doris Day, Glenn Close y Meg Ryan.
Si el mérito de una obra radica en trasceder su tiempo, Vértigo se vuelve así un clásico doblemente valioso por las réplicas que han engendrado y que seguirán reescribiéndola.

domingo, 29 de abril de 2018

¿Qué pasa cuando nada está pasando?


Oregon, EEUU. Un campo desierto: en primer plano, una cosechadora y un bidón amarillo con unos toneles y unos neumáticos, el cableado telefónico colabora a marcar la sensación de profundidad de campo. Algunos aeroplanos se escuchan sobre nuestras cabezas y unas aves atraviesan el cielo y, a lo lejos, mujen algunas vacas. Nada sucede en este presente continuo que parece impugnar el paso del tiempo cinematográfico. Hasta que algo sucede: el cielo se oscurece, luego cae la noche y en el horizonte se recorta con más nitidez el monte Jefferson, finalmente el cielo se ilumina y todo vuelve casi a la escena original. Entonces suena “Love itself”, una canción de Leonard Cohen en la que canta: “La luz entraba por la ventana / Directamente del sol en el cielo / Y así en mi pequeña habitación / Se zambullían los rayos del amor”. Deja de escucharse la melodía, poco después termina el filme ante la mirada atónita de los espectadores.
            Lo que acabamos de ver, nos cuenta James Benning, su director, es un eclipse de sol. En vez de fijar su cámara en los cuerpos celestes vinculados al acontecimiento, esta se queda con la sombra que envuelve la tierra y nos muestra los diez segundos en los que pasa el día a la noche y los otros diez segundos de la noche al día en los que regresa la luz tras dos minutos de una oscuridad casi total. El suceso de la luna negra, de gran convocatoria entre curiosos de todas las latitudes, es una metáfora sobre lo rápido que sucede la vida con esos veloces atardeceres y amaneceres. Los días y las noches se suceden mágicamente a una velocidad tal que confunde a los animales y llena de euforia hasta a un grupo de paracaidistas. Momento mágico que sorprende, incluso al mismo director, y transforma toda nuestra percepción ante un misterio simple y fugaz que deslumbra.

viernes, 27 de abril de 2018

Lautréamont like a rockstar XIX

Estaba furioso, lo mostraban sus ojos inyectados en sangre pero principalmente los músculos contraídos de su arrugado rostro. Esto era demasiado. Miró una y mil veces la lista que detallaba las enormes (según él) cantidades de dinero que su hijo había gastado (malgastado, para él) en los últimos meses, el banquero le había enviado el resumen de su cuenta. Pero el último registro era inaudito: no se contentó con hacer imprimir esas... cosas que andaba escribiendo una vez, ¡sino que las había reeditado! ¡Dos tiradas de esa basura que tanto parecía enorgullecerlo! ¿Para eso lo mandó de vuelta a Paris? ¿No era que iba a dedicarse a seguir estudios superiores? Y ahora lo veía inmerso en la vida bohemia, con pretensiones de hombre de letras. Realmente se sentía decepcionado. Decidió enviarle con carácter de urgente un mensaje a su fiel representante, que él frenase toda esta clase de delirios, reduciendo a lo elemental (y un poco menos) la renta asignada. Si los fondos se estaban agotando, él no le enviaría más dinero para que lo tire así. Luego, una carta a su hijo. Se iba a restringir a anunciarle la buena nueva: ya no podría como antes solicitar adelantos de dinero de su cuenta, el cual estaría mejor racionado. Sabía que, en el fondo, lo estaba haciendo por el bien de su pobre oveja descarriada. Su opinión acerca de su actividad artística prefirió reservársela. Miró con desdén un folleto que descansaba sobre su escritorio: era la obra de un demente. Sin embargo, confiaba que la razón no lo hubiese abandonado del todo, anhelaba que el joven retornase pronto a la buena senda. Con la esperanza de recibir a la brevedad mejores noticias, despachó las dos cartas con un suspiro.

lunes, 23 de abril de 2018

La mujer que está sola y espera

Sola frente al mar, una mujer permanece de pie sobre un peñasco mientras escruta el horizonte y, de
repente, como un gesto de provocación o de sensualidad desbordada, levanta su vestido y muestra su sexo, anzuelo que intenta capturar al hombre que desde allí debería venir a ella. Pero no viene, las lunas se suceden y Briseida sigue aguardando a Aquiles. A ella se irán sumando otras mujeres en la larga espera del héroe que se hizo al mar, hasta una anciana Penélope (se recrean ciertos tapices suyos mas no a ella tejiéndolos y destejiéndolos).
     1048 lunas, ópera prima de la realizadora francesa Charlotte Serrand, retrata una espera en la que cinco mujeres de marinos pertenecientes a distintas épocas a las que unen las cartas de Ovidio y la desesperanza que la directora transforma en un camino hacia la libertad y la independencia femenina.
     Estéticamente, la película impacta por sus encuadres precisos y la belleza de la paleta de colores que se va conformando. Serrand reescribe la épica desde la mirada de la mujer que aguarda pero no ociosa ante el telar: las cinco continúan con sus quehaceres cotidianos; para ellas, la vida continúa mientras pasean por los bosques con los ojos fijos en el mar y escriben cartas que arrojan en botellas esperando que sean otros ojos, los de ellos, quienes las intercepten. La directora afirma no haber trabajado con un guión previo, tan sólo con algunas ideas preconcebidas que iban surgiendo mientras buscaban locaciones, mientras juega libremente con su orilla irreal donde irrumpen anacronismos (Penélope escucha atentamente ciertas señales provenietes de un aparato de radio) que no le sientan mal sino que tal vez nos convierta a todas las espectadoras en alguien más que espera a alguien...

sábado, 21 de abril de 2018

Un té de violetas


Sola entra y se sienta sola en una mesita de la confitería Las Violetas, cerca de los vitraux que adora contemplar. Luego se quita el abrigo y lo deja junto a su primorosa carterita en la otra silla, mientras busca ansiosa la mirada del mozo. Es un señor mayor de cabello cano y sonrisa afable, al que ya conoce pues puede considerarse habituée del café. Él se acerca con un menú, aun sabiendo que ella no lo necesita: lo de siempre, un té de violetas y una porción de torta Leguizamo.
Con una sonrisa serena, recorre toda la escena con sus ojos brillantes. Recuerda cuando venía siendo entonces una niña con su abuelita a tomar un rico chocolate mientras la señora pedía ese mismo té. O con su madre, también podría ser. Se acuerda también de aquellas escapadas con sus compañeras del colegio Mariano Moreno y ese café con leche y esas riquísimas medialunas con el delicioso sabor de lo prohibido. Después vendrían las tardes de estudio y risas con sus compañeros del Joaquín en el Profesorado de Lengua, Literatura y Latín y, ya felizmente graduada, las maratónicas jornadas de corrección de pruebas de sus alumnos, esos jóvenes traviesos pero que siempre la emocionaban con alguna cajita de bombones en el día del maestro. ¡Cómo olvidar el almuerzo con el que la homenajearon sus colegas cuando se jubiló..!
El mozo ya está de regreso con su bandeja. De una tetera se desprende un aromita exquisito; a su lado, un platito con el homenaje al gran jockey de parte de su confitería favorita. Le encanta el té en hebras porque tiene mejor sabor, aroma y color, más suaves y equilibrados. Coladorcito en mano, se sirve una taza con mucho cuidado mientras ojea golosa esa delicia de dulce de leche, merengue, marrón glacé y crema de almendras.
Sin quererlo viene a ella ahora aquella primera cita con ese pelirrojo tímido que la observaba de reojo mientras bebía nervioso su jugo de naranjas y al que nunca volvió a ver. Y luego se acuerda de ese morocho de andar apresurado que trabajaba muy cerca de la confitería y al que veía pasar todos los días y que jamás correspondió a su mirada. Y de ese rubio tan osado que tanto insistió en verla pero que cobardemente nunca apareció. Y de ese ya entrecano que le prometía una cena romántica en el día de los enamorados si la pegaba con algún numerito en la quiniela (y que nunca la pegó con ninguno) y que un día vino a cenar pero con otra y ella lo descubrió furiosa desde atrás de una pila de panes dulces... Y así hasta que un día la confitería pasó de ser el discreto lugar de las primeras citas con aquellos pretendientes para el olvido al de los alegres encuentros con esas amigas a las que la une la despreocupada soltería y una bandeja María Cala, mmmmm...
Pide la cuenta mientras apresura el último sorbo de su infusión. Se levanta y sale esquivando graciosamente mesas y parroquianos, pensando que mañana volverá a merendar y a saborear nuevos falsos recuerdos, contándose todas esas historias que siempre anheló y que nunca sucedieron. O tal vez nada que ver y quizás imaginarla soñando despierta es una ocurrencia mía para matar el tiempo en una tarde de otoño mientras espero a esa amiga que siempre llega tarde...

martes, 3 de abril de 2018

Lautréamont like a rockstar XVIII


Una vez finalizada la primera parte, sólo necesitaba un editor. Desde hacía un tiempo, había comenzado a asistir a un salón en el que se reunían escritores noveles como él, gente en vías de consagración, junto a algunos ya laureados (pero no mucho) y algunos editores no muy conocidos aún pero con deseos de ascender estrepitosamente en el mercado libresco. En realidad, lo que más frecuentaba eran los rincones oscuros de la sala, ya que no siempre se sentía lo suficientemente motivado como para integrarse a los debates que allí surgían y, cuando así era, se veía expulsado del grupo por declamar sus ideas con más violencia de la permitida alterando los sensibles nervios de todos los presentes. Sin embargo, a pesar suyo, había hacerse un par de amigos, amables jóvenes a los que había atrapado ese chico tan terrible. Tal vez también allí fue donde conoció al anhelado editor. Seguramente andaba rondando, como todos, a las jóvenes promesas de las letras (donde casi ninguno llegaría a algo en realidad) en busca de alguna novedad que, a bajo costo, provocase un gran revuelo en el medio literario con las consiguientes exitosas ganancias. Y allí encontró a nuestro escritor. El se habría hablado tímida pero ardientemente de su proyecto y el otro lo habría estimulado más de lo que estaba a lanzarse al ruedo prometiéndole la inmortalización a cambio de una pequeña inversión (por una suma relativamente insignificante de dinero, él editaría su primer canto en forma de folleto y luego, quizás, todo el libro). Con los ojos brillando intensamente, consiguió, no importa cómo, el dinero para embarcarse en esa aventura. Estamos en agosto del 68 y el primer canto de Maldoror veía finalmente la luz.